viernes, 22 de julio de 2011

Puedo recordar...

... una tarde de septiembre de 1920 y tantos, con aquellos primeros calores que trae consigo la primavera. Llevo puesta una pollera tiro alto color beige que hace juego con el blazer sobre mi camisa de seda italiana blanca. Me miro largamente los zapatos también beiges. Me gusta verme cuando uso zapatos. Me gusta el ruido que hago al caminar completamente erguida y agradezco al pensar que de haber nacido algunos años antes, mis zapatos no podrían verse a causa de los largos vestidos. Estoy sentada en una galería con piso de mármol blanco. Tengo en mi frente unas bellísimas columnas jónicas anaranjadas. Hay un árbol que impide que todos los rayos del atardecer lleguen a mí. Por su aroma creo que es un eucalipto. Suena Edith Piaf de fondo... Me esfuerzo por recordar cuál es exactamente. Tarareo la melodía para ayudar a mi mente. "Quand il me prend dans ses bras, il me parle tout bas, je vois la vie en rose". Ésa es. La vie en rose. Qué hermosa voz. 
Escucho una risa a mis espaldas y me volteó. Era ella. Con sus anteojos de sol de marcos blancos y su pelo infinitamente negro. Era ella, sí. Palidecí ante su presencia y mis mejillas enrojecieron a causa de la vergüenza que sentí por que ella me hubiese escuchado cantar. Me paré y la saludé. Recordé sus costumbres europeas y le besé la otra mejilla. Nos sentamos y, té de por medio, empezamos a hablar. Tenemos muchísimo en común, sobre todo la literatura. Es una mujer inteligentísima y la admiro. Sé que podría pasar días enteros hablando con ella y no cansarme.
Nuestros maridos estaban en el despacho del suyo, hablando de negocios, como todos los hombres. Entre lágrimas de emoción y sonrisas logra confesarme que tiene un amante y que por primera vez en la vida se siente mujer. Noto su emoción y me siento a su lado. Puedo comprenderla porque mi marido me hace sentir así, pero ella no tuvo esa suerte. Me pidió lógica discresión, yo era la única persona en el mundo que lo sabía además de ellos dos. No sé por qué me eligió a mí para cargar con semejante historia. Pero me puse feliz por la confianza que me dio. La admiraba inmensamente, incluso desde antes de conocerla. 
Al despedirnos, la abracé amistosamente y ella supo que su secreto estaba bien guardado en mí. Mi marido se alegró, pues se había asociado con el marido de ella y nos veríamos seguido.